Originally published in 1936 by Munro Leaf, the children’s book The Story of Ferdinand was not well-received in countries that were under dictatorial regimes. Fire consumed the pages of the books that existed in Nazi Germany. In Franco’s Spain, the book’s circulation was prohibited. What was so profane about it? Its protagonist, the bull Ferdinand, did not exhibit what most would consider typical “bull behavior.” Instead of going around fighting, Ferdinand enjoyed looking at flowers, frolicking among the trees, and resting in green pastures, feeling a soft breeze on his face. What many of us would consider to be a dream lifestyle scandalized European censors. And no, that was not because they had a profound disdain for the cottagecore aesthetic. What they deemed problematic was the pacifist message contained in the book. 

Ferdinand’s life had always been uneventful. However, the routine of flowers and sleep  is disrupted when he is captured by men who take him to a bullfight. As the bull enters the ring, he witnesses the excitement of a crowd craving blood. The moment evokes a classic mode of public entertainment that integrated the history of some European countries. In Rome, gladiators battled animals. In Spain and France, bullfighters defied bulls. Different temporalities and locations all converge towards the unique moment where the man fights with the beast, with the audience holding its breath as it anxiously wonders who is going to prevail. This ancient tradition is broken by our little guy, who decides to just sit in the middle of the ring and smile. By refusing to engage in physical combat, Ferdinand expresses that other modes of living, not centered around violence, are possible. Despite the external pressure, the bull remained faithful to his peaceful nature, refusing to do something that would go against his mode of existence in the world. His behavior, however, could not find space in 20th-century Spain and Germany, considering the rise of militarism in the countries. 

Armies of thousands of men, destroyed cities, and the bodies of countless individuals became the  scenery of these nations in this period. In times of war, messages of non-violence, such as the one expressed in The Story of Ferdinand, were not welcomed, as they ultimately defied the conviction that only violence and virility could conquer victory. Victory. Not peace. This distinction is particularly important when considering that for the leaders of the mentioned countries, war was a strategy for implementing particular political projects, not for achieving a greater degree of unity, as seen in the horrifying policies of Nazi Germany and the persecution of those who were not aligned with Franco.

Pacifism did not have a space within this context, as it allowed individuals to glimpse different alternatives to physical combat. The existing cult of violence in the regimes motivated unreflective action. In such a logic, one participates in war because one is virile, and one is virile because one grew up in a society that gathers in order to see something or someone being killed. In this sense, non-violence questioned the foundation and the propagation of such systems, something that those who held power were not interested in promoting. At the end of the day, peaceful soldiers do not guarantee victory. 

The dimension of virility is particularly relevant in Spain, internationally known for its bullfights. In such events, the bullfighter, with his defiant look, adorned jacket, and red cape, employs all of his courage in combat. The figure becomes almost a humanized bull—or an animalized human—with his strength and masculinity being celebrated by those who watch the fight. Ferdinand’s personality, however, is the opposite of the traits we associate with the image of the bullfighter. He subverts what is expected of him and of idealized masculinity, without trying to mold himself to fit into a determined pattern. Through this, Ferdinand reminds readers that, in the same way bulls do not need to follow a certain behavior, men also do not. That is, there are other ways of embracing masculinity without adhering to the violence of the archetypal figure of the bullfighter. 

The efforts of Germany and Spain to censor The Story of Ferdinand, however, did not suppress its existence. Ninety years after its first publication, the book can still be found right next to us, in Special Collections. The continued existence of the book signals the centrality of libraries in preserving knowledge that would have otherwise disappeared or been accessible to even fewer people. Still, the function of such institutions as keepers of the multiplicity of knowledge produced by human beings is increasingly threatened by attempts to remove a number of books from public libraries. The American Library Association, for instance, tracked 821 attempts to censor libraries in 2024. In some ways, the censorship that impaired the circulation of Ferdinand continues to exist. Even though national governments no longer hold bonfire events for book burning, pages still burn when libraries are prohibited from acquiring certain titles or are required to remove a work from their catalog. 


Toros y Libros (Translated by the author)

Publicado originalmente en 1936 por Munro Leaf, El Cuento de Ferdinando no fue bien recibido en los países que vivían bajo regímenes dictatoriales. El fuego consumió las páginas de los ejemplares en la Alemania nazi. En la España de Franco, la circulación del libro estuvo prohibida. ¿Qué era tan profano del libro? Su protagonista, el toro Ferdinando, no presentaba lo que se consideraría un comportamiento típico de un toro. En lugar de pelear, a Ferdinando le gustaba mirar las flores, juguetear entre los árboles y descansar en la pradera verde, sintiendo una suave brisa en su rostro. Lo que muchos de nosotros consideraríamos una vida de ensueño escandalizó a los censores europeos. Y no, no fue porque tuvieran un profundo desdén por la estética cottagecore. Lo que ellos consideraron problemático fue el mensaje pacifista del libro. 

La vida de Ferdinando nunca tuvo grandes acontecimientos. Sin embargo, su rutina de flores y sueño se ve interrumpida cuando es capturado por unos hombres que lo llevan a una corrida de toros. Mientras el toro entra al ruedo, es testigo de una multitud sedienta de sangre. El momento evoca un modo clásico de entretenimiento público que formó parte de la historia de algunos países europeos. En Roma, gladiadores combatían animales. En España y Francia, los toreros desafiaban toros. Diferentes temporalidades y espacios convergen en un momento único donde el hombre pelea contra la bestia, con el público conteniendo su respiración mientras se pregunta ansiosamente quién prevalecerá. Esa tradicion milenaria es rota por nuestro pequeño amigo, que decide sentarse en el medio del ruedo y sonreír. Al rehusar involucrarse en un combate físico, Ferdinando expresa que otros modos de vivir, que no estén centrados en la violencia, son posibles. A pesar de la presión externa, el toro permaneció fiel a su naturaleza pacífica, rechazando hacer algo que  iría en contra de su modo de existir en el mundo. Su comportamiento, sin embargo, no podría encontrar espacio en la España y la Francia del siglo XX, considerando la amplificación del militarismo en los países. 

Ejércitos de miles de hombres, ciudades destruidas y los cuerpos de incontables personas formaron parte del escenario de las dos naciones en el periodo. En tiempos de guerra, los mensajes de no violencia, como el expresado en El Cuento de Ferdinando, no eran bienvenidos, ya que fundamentalmente desafiaban la creencia de que solo la violencia y la virilidad podrían conquistar la victoria. La victoria, y no la paz. Esa distinción es particularmente importante considerando que, para los líderes de los países mencionados, la guerra era una estrategia de implementación de proyectos políticos específicos y no una forma de lograr un mayor grado de unidad. Basta una mirada rápida a las políticas aterradoras de la Alemania nazi y la persecución de aquellos que no estaban alineados con Franco para demostrar esto.

El pacifismo no tenía espacio en ese contexto, ya que permitía que los individuos vislumbraran alternativas al combate físico. El culto a la violencia en el régimen motivaba acciones irreflexivas. En esa lógica, se participa en la guerra porque se es viril y se es viril porque se creció en una sociedad que se reúne para ver cómo matan algo o a alguien. Así, la no violencia cuestiona los fundamentos y modos de propagación de tales sistemas políticos, algo que aquellos que tenían poder no estaban interesados en explorar. Al fin y al cabo, los soldados pacíficos no garantizan la victoria.  

La dimensión de la virilidad es particularmente relevante en España, conocida internacionalmente por sus corridas de toros. En esos eventos, el torero, con su mirada desafiante, chaqueta adornada y capa roja, utiliza todo su coraje durante el combate. La figura del torero se convierte en un toro humanizado—o un ser humano animalizado—cuyafuerza y ​​masculinidad son aclamadas por aquellos que presencian la pelea. La personalidad de Ferdinando, sin embargo, es opuesta a los rasgos asociados con la imagen de un torero.  Él subvierte lo que se espera de su comportamiento y de una masculinidad idealizada, sin intentar moldearse para encajar en un patrón. Con eso, Ferdinando recuerda a los lectores que, así como los toros no tienen que seguir un cierto comportamiento, los hombres tampoco. Es decir, existen otras maneras de abrazar la masculinidad sin incorporar la violencia de la arquetípica figura del torero.

Los esfuerzos de Alemania y España por censurar el libro no suprimieron su existencia. Noventa años después de su primera publicación, El Cuento de Ferdinando puede ser encontrado en las Colecciones Especiales. El hecho de que el libro siga sobreviviendo señala la centralidad de las bibliotecas en la preservación del conocimiento que de otro modo habría desaparecido o habría sido accesible a menos personas. Aun así, la función de instituciones como protectoras de la multiplicidad de conocimientos producidos por individuos es cada vez más amenazada por intentos de quitar libros de bibliotecas públicas. La Asociación Americana de Bibliotecas, por ejemplo, rastreó 821 intentos de censura de bibliotecas en 2024. De una forma u otra, la censura que perjudicó la circulación de Ferdinando aún ocurre. Aunque los gobiernos ya no hacen eventos de quema de libros en hogueras, las páginas todavía son quemadas cuando a las bibliotecas se les prohíbe adquirir ciertos títulos o se les obliga a eliminar obras de su catálogo.


Louise Sanches Barbosa is a contributing writer and junior editor for the Nassau Weekly.

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