Lloras como niña empedernida:
La lágrima rasga a ratos la cortina
Y me miras, afligida, como si la culpa fuera mía.
Me dices, a bocinazos,
Que los carros te atraviesan la cintura,
Y transitan tu pecho con su chafa montura
Para sentarse a cuchichear.
Si refundo tu voz entre el largo suspiro
de transeúnte que toma tus calles por blanca mar,
Lo encontraré buceando el cuenco de luna:
Perlado acuífero que palpa tu ombligo
Para hacer del estómago hendido humedal.
Has dado la piel por harapos,
Has dejado que el extranjero
Hurgue tus párpados
Y hurte del sol las luciérnagas
Que brillaban de ensueño el ocular.
A veces sollozas viendo al vendedor ambulante
Que en trajinar ha hecho del cerro su casa
Y que busca en latón la almohadilla de pino,
Con la que de joven perfumabas el ajuar.
Sé que empedrabas las ropas de anhelo,
Que rozabas con el seno desnudo
La estrella que titila en el cielo,
Que la sangre brotaba del cerro
Y rugía en la plaza como jaguar.
Hoy, remendando a pie de semáforo
Los retazos de un corazón estrujado,
Me pintas de cal la sonrisa
Y me adornas el armazón de ceniza.
Ahora te veo pintada en mis sueños:
Envuelta toda en tu gris velo,
Escondiendo la cara en la mugre del suelo.
Tú eres la dama en vilo
Que me despierta con su graznido de tingua,
Que maquilla el rostro de anciana a cincel—
Lo adorna con vitral y avenida cutánea:
Tapa su pena con brillantes de oropel.


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